¡¡FANTASMAS!! - GHOSTS!!
Una noche en vela tras un largo viaje en automóvil destroza la voluntad de cualquiera. Por eso Deunoro, a pesar de sentir la imperiosa necesidad de salir corriendo de aquella casa, de aquel impío paraje cuanto antes, no pudo negar el deseo de su mujer por conocer la aldea donde su padre decidió llorar por vez primera.
-"¡Venga, hombre! Podemos ir andando hasta la plaza", le animó Arrats. -"No queda muy lejos de aquí. sólo un kilómetro, más o menos, y ya estaremos a las puertas del ayuntamiento. Me gustaría llevar un recuerdo a mi padre del lugar que me dió su nombre".
-"¡De acuerdo, cariño! Pero espero que hagas lo posible por mantenerme despierto cuando me toque conducir", suplicó Deunoro. -"No sé cómo voy a lograrlo, sinceramente".
Después de asearse como buenamente pudieron, buscaron a sus anfitriones para suplicar un desayuno que les devolviera la vida. Pero enseguida descubrieron en la mesa donde tomaran la cena la noche anterior cuencos humeantes repletos de leche recién ordeñada esperaban ser bendecidos con el pan de la mañana.
-"¡Bueno, ya sabes como es la gente de pueblo! Se levantan demasiado pronto. Estarán labrando por ahí", trató de explicar Arrats la ausencia de los ancianos y su previsión.
Aproximadamente, una hora más tarde lograron comprar en la única tienda del pueblo -un colmado dedicado al despacho de todo tipo de mercaderías- una miniatura tallada en madera que representaba con fidelidad absoluta la intrigante morada que les diera cobijo la noche pasada. Logrado su objetivo, Arrats conminó a su familia para que regresaran al monovolumen abandonado en medio del campo durante la tormenta más perfecta que hubieran vivido jamás.
-"¡Espera, Deunoro, espera!", gritó Arrats al poco de llegar junto a un vehículo cubierto de escarcha que recordaba vagamente al suyo.
La niebla intentaba doblegar todos los elementos del paisaje circundante. Sólo las copas de los árboles se sentían victoriosas ante semejante ataque. Por eso Deunoro alertó a su mujer:
-"Debemos darnos prisa. En breve nos veremos obligados a pasar una noche más aquí".
-"Me dejé el anillo en el cuarto de baño. Vuelvo enseguida. Dame unos minutos", gritaba Arrats mientras corría hacia el lugar donde intuía se hallaba el caserío que ahora parecía hallarse sumergido en una nube impenetrable.
Deunoro metió en el coche a su hija y esperó fuera el regreso de su mujer. Entonces el viento decidió barrer la zona. Rápidamente la neblina fue retirándose para dar paso a una extraña inexplicable escena que se representaba unos metros más allá. El caserío ya no estaba allí. Tan sólo permanecía en pie, a modo de recuerdo, la puerta de entrada y parte de los muros. Arrats, de rodillas sobre la hierba que había crecido donde antes se hubiera alzado un salón dominado por ese techo que tanto les había inquietado, sujetaba el anillo nupcial con ambas manos, apuntando con él en dirección al cielo, como si quisiera ofrecérselo a los dioses. Acababa de recogerlo del suelo; una roca de pequeñas dimensiones se había encargado de acunarlo y protegerlo hasta su llegada. Nada más advertir la presencia de Deunoro, su cabeza giró lentamente hacia la derecha hasta conseguir unir sus miradas. Él, simplemente, tembló.
A modo de epílogo: todos somos conscientes que este cuento esotérico ha recibido una gran cantidad de adornos literarios. Y así será seguirá siendo con los futuros relatos que os haré llegar. Os ruego permanezca en vuestras mentes la esencia del cada uno de ellos porque así me lo contaron; porque así sucedió.

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