Ya os he comentado que trabajé como documentalista del Parlamento Europeo en uno de los Grupos Parlamentarios del Congreso de los Diputados. Fueron muchos años los allí pasados y tantos los recuerdos que a veces me abruman.
Me ha venido a la memoria una surrealista situación con respecto a la monarquía española y nuestros diversos parlamentos que me fue contada por un político catalán, gran hombre él, de divertida escritura y mejor lengua, como corresponde a los buenos hijos de Girona. Aquella anécdota sucedió a finales de los años ochenta del pasado siglo, que ya es duro decirlo así.
Una delegación de parlamentarios españoles de todas las formaciones políticas viajó por primera vez, en calidad de nuevos demócratas -algunos todavía con tufillo franquista- a las Américas de George Bush padre. Fueron recibidos por variopintos congresistas y senadores capitaneados por el Secretario de Estado de turno a quien le pareció exótico saludar a tan extraña comitiva en representación de la nueva España de las autonomías.
Y dado que en los EEUU se desconocía por completo la vertebración de nuestra España ex-franquista -es decir: que no les importaba un carajo siquiera donde estaba situada en el mapa- decidieron informarse de primera mano, ante los bajitos y antes delgados y melenudos representantes de la biodiversidad política española, los mismos que con los años sólo han logrado crecer a lo ancho y lucir calva (doy fé de ello). Intentaron adivinar cómo se mostraba nuestro país sin paella, sin toros y sin playas; sin panderetas ni guitarras mexicanas, que siempre se hacían un lío con el tema de si Toledo estaba situado en la Península Ibérica o en América central. Se animaron pues, sin tapujos, a preguntar cómo nos entendíamos en política (¡pobres ilusos!), cómo podríamos definir nuestra vocación parlamentaria. Entonces, valiente él, nuestro representante de turno, el portavoz de aquella delegación de novatos, se aventuró a decir en Chungoinglés que "...lo nuestro, Constitución en mano, se definía mas bien como una Monarquía Parlamentaria". ¡Ahí es ná! ¡Menudo bombazo que soltó!
Tan extrema idea, tan extraña asociación del averno, resultó constituir un vomitivo de probadas cualidades para aquellos americanos del norte que jamás habían oído mencionar semejante incongruencia en un Congreso que en tiempos decidiera formarse para luchar contra los dictados de un monarca inglés. "¿Un Rey? ¿Un Parlamento?-se maravillaban boquiabiertos. Y eso es lo que se intentó hacerles ver de forma reiterada usando el ejemplo inglés. Pero de nada sirvió por más que se hiciera incapié en ello una y otra vez durante toda la jornada.
Luego, seguro que los anfitriones americanos tendrían anécdota que contar hasta aburrirse en el exclusivo club al que perteneciera cada uno y en las aburridas reuniones de sus respectivos partidos. A lo mejor hasta procuraron informarse, a sólas, de nuestra inexplicable realidad política. Lo cierto es que, si te detienes a pensarlo no le ves mucho sentido a este rompecabezas parlametario que nos hemos inventado. Y mira que aprecio a este buen Señor dado que contribuyó en gran medida a evitar que otro golpe de Estado llegara a buen puerto en nuestro país. Y no hace mucho del execrable suceso aunque parezca mentira:
Don Juan Carlos I, Rey de España, parece intentar explicar lo nuestro a los demás.
Si es que teníamos que haber enviado a Pozí a hacer las américas para que les contara de qué va este invento nuestro tan exclusivo, tan patrio, tan diferente.
Salu2
Huang-ho
