Que nadie se llame a engaño que no pienso hablar, en absoluto, de los cantes por bulerías que han prodigado Aznar y Zapatero, Zapatero y Aznar, por Melilla; ni de las tonterías reflexivas de Pepiño de las Tinieblas en relación a las subidas de impuestos europeístas con nuestros sueldos africanos; ni tan siquiera, por mucho que lo merezca, de "la batallita" por conquistar la plaza madrileña entre becarios/as del mismo bando. Y hablar del mediocre que engaña al mundo diciendo llevar las riendas de un país sumergido bajo las aguas llamado Pakistán..., ¡lo dejo para el día de su ejecución política que espero sea ya!
Hoy sólo quiero compartir con vosotros la canción que mi hija Hada, de sólo tres añitos, me ha pedido reproducir en el compacto del coche una y otra vez en esta úlitima quincena. Hacía ya tiempo que desde la primera vez que escuchó a Janis Joplin y ya no hay quien la apée del burro. (¡Bueno: ya empezaba a cansarme de tanto corasón que derrochaba el bueno de Willy de Ville!)
Y es que esa composición es todo un clásico invevitable; una forma de sobrevivir, una impresionante obra de arte recreada en las cuerdas vocales de ese pedazo de alma que interpretró como nadie "Summertime" poco antes de cumplir los 28, muy poco antes que un desbocado caballo blanco terminara con su preciada vida. Dios, o como quieras llamarle, cantó para nosotros de esta forma:
Salu2
Huang-ho