Perder la infancia entre las repugnantes fantasías sexuales de los pederastras y la desmedida ambición de los que les ponen en contacto por dinero supone hipotecar tu futuro, tu vida, a un banco cuyos depósitos son grandes fortunas de desastre.
Tras el cristal, no hay futuro.
Leo con tristeza, como siempre que me desayuno una noticia de este tipo, que la Justicia portuguesa ha condenado a los responsables de los más de novecientos delitos de abusos sexuales a menores sucedidos durante dos décadas en la Casa Pía, el hogar de los niños desamparados (¡ya ven!), a tan sólo penas de entre seis y dieciocho años. (¿En cuánto tiempo volverán a estar en la calle?) Y, por supuesto, todos los políticos implicados han sido exonerados. ¡Qué raro, sobre todo cuando se trata de una institución estatal!
Pero es que a mediados de Agosto la merienda me la dio la noticia de que el Papa Benedicto había rechazado de plano la dimisión de dos obispos irlandeses inmiscuidos en casos de abusos sexuales cometidos por muchos religiosos durante cuarenta años. No importaba ya que Ratzinger hubiera prometido mano dura contra la prostitución infantil al parecer tan arraigada en el seno de su Iglesia.
Pero es que sus débiles condenas a tantos y tantos hechos similares, como el tremendo caso de los dirigentes católicos de Norteamérica, y la política de dejar pasar el tiempo para que la memoria olvide con actuaciones como las del traslados de eclesiásticos a otras diócesis, me amargaron la Cena de Navidad.
Y esto es sólo la punta del Iceberg. ¿Qué sucederá cuando ahondemos en estas instituciones? ¿Qué pasará cuando otras confesiones sean investigadas? ¡Ufff, Sancho: con la Iglesia hemos topado!
Soy el orgulloso padre de una preciosa niña cuyo futuro está absolutamente ligado a las dosis de educación adquiridas en libertad, ya sea por cuenta ajena o por su propia cuenta. No quiero ni imaginar que alguien le privara de la posibilidad de fluir por sí misma en una edad tan temprana y de esa forma tan cruel, tan desmedida por lo frágil de la víctima.
Los niños piensan por sistema que esas cosas no pueden pasarle a ellos porque no existen los actos tan violentos en sus mundos felices; el choque tan brutal con la realidad acabaría con este ser de luz que he tenido la suerte de ayudar a concebir.
Por eso no quiero imaginar lo que sucedería si una tímida o inútil sentencia de jueces, declaraciones de políticos y actuaciones vacuas de los padres de tantas y tantas iglesias afectara a un hipotético caso en que mi hija hubiera estado envuelta en contra de su voluntad. Por eso no quiero tan siquiera adivinar qué poco servirían mis condicionamientos sociales a la hora de tomarme la justicia por mi mano.
Salu2
Huang-ho
