Después de la intensa desazón nocturna, del malestar infinito que la vida me dedicó ayer con brutalidad paramilitar, más propia de los amigos del régimen ubicado en poltrona dorada (los mismos que aseguran que los asesinatos de los demás son ejecuciones justas por imperativo divino), después de tanta desdicha acumulada sin más y porque sí, decidí ponerme manos a la obra y buscar lo que me habían arrancado de cuajo, con la violencia del asesino-en-serie-que-mata-asesinos-en-serie, con el amor de una mujer que sufre.
Fuí a tirar los restos de nuestra vida en común donde los demás arrojan sus desperdicios envueltos en plástico negro, ritual mortuorio. Y me atreví a intentar tan grave acción después de haber muerto varias veces en un mismo día. Guiado por la luz que acompaña a todos los muertos (las luces traseras del camión de la basura) llegué al contenedor municipal, el lugar más solicitado por los miembros de toda comunidad que se precie. Allí advertí que algo me buscaba, ruidoso y pestilente, bajo los cartones almacenados en un lateral del pomposo anuncio: "Getafe Recicla" (pero Arturo Soria no que tenemos mucha clase)". Era un extraño bulto que palpitaba por mí como ningún otro ser lo había hecho hasta ese momento después de mi madre.
Era mi corazón que pedía a gritos volver a mi cuerpo para conseguir perdonar y perdonarme, vivir en paz y ser feliz. Era uno mismo convertido en su propia patata caliente...
¡Esta!
¡Y encima se parece mucho a mi cerebro!
¡Joder, qué cosas que da mi huerto! Si es que me crecen los enanos...
Bshitos largos y amorosos
Huang-hi-toh
(Por cierto: al día siguiente casi parecía que no hubiera pasado nada de nada. ¡Qué alguien me explique el mecanismo, por favor! Corro el peligro de volverme cuerdo en caso de no hallar respuesta a lo que significa amar.)
