(Que no me salía escribir el título de otra forma: por eso he necesitado de traducción simultánea.)
Soy consciente que han pasado ya unos días desde que la viejuna Uropa celebrara su fiesta más común y ancestral al tiempo: el Festival de Eurovisión. Pero no podía dejar pasar más tiempo sin hacer unos breves comentarios destructivos al respecto puesto que me provocó, además de vergüenza ajena, un sentimiento de estar viviendo en directo el reflejo cultural de la decadencia del Imperio Romano, de lo que realmente es Europa hoy en día.
Parece obligado felicitar a la organización por aquel tremendo espectáculo de iluminación y sonido, gigantesco derroche de medios técnicos. Quien no lo haya visto que no se lo pierda porque, de verdad, son de "esas cosas" que se deberían contar a los futuros nietos.
Pero eso fue todo: un manífico envoltorio para un contenido flácido de tufillo previsible una vez desempaquetado y expuesto a la intemperie. Y es que no había temas musicales si no composiciones robóticas sacadas de la misma cocktelera de donde se vienen extrayendo las canciones de Eurovisión desde hace varias generaciones. Según se agitase, las frases almibaradas se combinaban en violento orgasmo de chispitas rosas con los violines más cursis en alocada mafia de tonalidades pasteles, siempre para dar el mismo nefando resultado.
Para los que me leeis y no teneis idea de qué malsano tinglado pseudo-musical estoy escribiendo, os lo describiré con una frase sencilla. Se trata de algo así como el Festival de la O.T.I. pero en versión Disney World. Ya os podeis hacer una idea...
Mas ahora centrémonos en las actuaciones. Reconocer que la mayor parte de los y las artistas estuvieron a la altura de la ingeniería también es de derecho. El problema, como siempre, se encuentra en los jurados que escogen esos bodrios que obligan a cantar a los pobres intérpretes que salen a la palestra como los antiguos gladiadores, entonando el inevitable "Ave, Caesar. Morituri te salutant" envueltos en ropajes imposibles, casi todos de color blanquito-celestial y cubiertos, cómo no, de lentejuelas.
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(Dado que tengo intención de extenderme al respecto, dividiré este post en dos mitades para no cansaros. Publicaré la segunda parte a lo largo de esta tarde.)
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Salu2
Huang-ho
Pero eso fue todo: un manífico envoltorio para un contenido flácido de tufillo previsible una vez desempaquetado y expuesto a la intemperie. Y es que no había temas musicales si no composiciones robóticas sacadas de la misma cocktelera de donde se vienen extrayendo las canciones de Eurovisión desde hace varias generaciones. Según se agitase, las frases almibaradas se combinaban en violento orgasmo de chispitas rosas con los violines más cursis en alocada mafia de tonalidades pasteles, siempre para dar el mismo nefando resultado.
Para los que me leeis y no teneis idea de qué malsano tinglado pseudo-musical estoy escribiendo, os lo describiré con una frase sencilla. Se trata de algo así como el Festival de la O.T.I. pero en versión Disney World. Ya os podeis hacer una idea...
Mas ahora centrémonos en las actuaciones. Reconocer que la mayor parte de los y las artistas estuvieron a la altura de la ingeniería también es de derecho. El problema, como siempre, se encuentra en los jurados que escogen esos bodrios que obligan a cantar a los pobres intérpretes que salen a la palestra como los antiguos gladiadores, entonando el inevitable "Ave, Caesar. Morituri te salutant" envueltos en ropajes imposibles, casi todos de color blanquito-celestial y cubiertos, cómo no, de lentejuelas.
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(Dado que tengo intención de extenderme al respecto, dividiré este post en dos mitades para no cansaros. Publicaré la segunda parte a lo largo de esta tarde.)
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Salu2
Huang-ho