Sinceramente: aunque me veía en la obligación de hacerlo, no sabía como abordar este más que tremendo suceso acaecido en la isla de Haití. Tanta muerte, podedumbre, hambre y dolor juntos que me superaban con mucho y me paralizaban las manos y las sienes.
No podía dar crédito cuando veía esas pilas de cadáveres amontonadas en las cunetas de las calles haitianas que mostraban el patrimonio arquitectónico destruído y por las que todavía los vivos circulan en demanda de agua y comida. En sus rostros se reflejaba con fiereza la desesperación por lo vivido, la incertidumbre por un futuro que les ha llevado incluso a montar barricadas con los restos inertes de sus conciudadanos y, a veces, intuyo que de sus propios familiares. Así quieren hacer ver al mundo lo terrible de esta desgracia para la que no se han inventado los adjetivos calificativos necesarios.
Pero aunque lo han intentado desesperadamente, no han conseguido trasladarle al nuevo Obispo de San Sebastián el sufrimiento que les envuelve. José Ignacio Munilla, declaró ayer en abierto a la Cadena SER que más terrible resulta aún "nuestra pobre situación espiritual y nuestra concepción materialista de la vida".
¡A ver! Que ya sé que los haitianos viven muy lejos, que encima son todos negritos y que, además -¡toma ya!-, no han sido bautizados. Pero, ¿no somos todos hijos de Dios?
¡En fin! Me gustaría saber si el Obispo se hubiera atrevido a hacer esta declaración en el caso que el macabro y triste hecho hubiera sucedido aquí, en España, o en cualquier país occidental o allegado.
En resumen: ¡haciendo amigos y mejores feligreses! Mejor olvidarse de usted, señor representante de la Iglesia católica española, para centrarme en mostrar mis condolencias a todo un pueblo que sufre y pedir desde aquí, con la modestia que eso supone, solidaridad con los haitianos.
Huang-ho