"Muerte de un clérigo" - "Death of a priest"
Primera parte - First part
- "Escuchadme niñas: no quiero oír ni un sólo ruido hasta que salga de esta clase", gritó la Madre Superiora de la Orden a la que pertenecía el colegio de Ana. -"El padre Miguel, vuestro confesor, ha muerto y exijo de todas y cada una de vosotras una ofrenda por su alma", ordenó sin pestañear aquella fiera vestida de monja.
Ana se hallaba anonadada: nunca había soñado con lograr ver en persona a la voz suprema de aquel centro escolar bañado en las aguas titubeantes de una religión imperativa. Vivía en un ala inaccesible del edificio en forma de "ele" que daba cobijo a religiosas y estudiantes y nunca parecía salir de su cubículo. Cuando se hablaba de Ella se hacía en voz baja, presas del miedo que producía mentarla, como si fuera a oírte desde la lejanía. Otras veces se habían dado casos similares al del finado de hoy pero sus propias profesoras habían sido las encargadas de arrancar por la fuerza las habituales ofrendas por las ánimas de los devotos servidores de un Dios católico; de vez en cuando también se veían conminados a abandonar este mundo. Pero esta vez Ella se había presentado de improvisto, cargada de rabia y tristeza, con ánimo de robar aquella ánima de los baúles de la muerte. Algo muy fuerte debía haberlos unido en vida.
- "¡A ver, tú, niña! ¿Tú qué ofreces?", gritó en dirección a María Antonia, la más pequeña del curso y también la más frágil. Quizás por eso le había elegido primera, con ánimo de socavar la confianza de todas ellas.
- "Yooooo.....", dudó por un momento mientras que unas tímidas lágrimas trataban de explotar sobre su carita. No obstante sabía que sería mucho peor callar y se animó a decir: - "Dos Ave María y un Padre Nuestro...", frase pronunciada con miedo que no fervor.
- ¿Y tú, la de la melena negra, qué prometes ofrendar", volvió a la carga con otra desvalida alumna que mejoró la promesa anterior por miedo a las represalias.
Y así, una a una, todas fueron forzadas a firmar un pacto obligatorio con el Reino de los Cielos y el de los Muertos, como en tantas y tantas ocasiones anteriores. Por supuesto, Ana también rubricó un contrato no escrito en el que se comprometía a ofertar mucho más que el resto de sus compañeras; aquel era un día especial y su lengua no supo de límites terrenales.
Sin embargo el tiempo transcurría sin que Ana terminara por decidir cumplir su aburrida promesa de rezar y rezar durante horas en la Iglesia del barrio. Poco a poco se fue olvidando del acuerdo al que había llegado con la Superiora -así la llamaban ellas- hasta llegar a un punto en el que su mente pudo borrar de un plumazo la hipoteca contratada.
Pero, de algún modo, alguien o algo iba a recordarle que los pactos se cumplen...
Salu2
Huang-ho
