Desde hace cuatro años y medio, ARIK, EL TERRIBLE, parece estar diciendo adios desde ese lugar en el que una embolia le dejó: un mundo a caballo entre nuestra realidad y el Más Allá.
Ya no recuerda nada, ni siquiera las terribles matanza de Sabra y Chatila por las que -entre otras muchas más- logró hacerse merecedor de unas cuantas denuncias por crímenes de guerra y genocidio. Es de agradecer que el coma le impida seguir matando.
¿Y por qué vengo yo ahora a hablar de alguien que ya parece haber pasado a formar parte del baúl de los recuerdos? Precisamente por eso: para que nunca se olvide lo terrible que puede llegar a ser el homo sapiens. Y también porque he leído en estos últimos días algún artículo sobre la penosa situación en la que este hombre que durante décadas rigió el destino de Israel y, por ende, el de Oriente Medio, se halla inmerso en la actualidad. Apenas si le visitan los miembros de su familia, algunos de ellos salpicados por los habituales escándalos de corrupción, castigados incluso con una buena temporada en la cárcel. Raros son los amigos que por su lecho desfilan; sólo los incondicionales, los que apoyaban sin fisuras sus impíos y cobardes actos.
Una pequeña reflexión: ¿de qué sirve vivir como si nunca fuéramos a morir o, peor aún, a morir en vida?
Salu2
Huang-ho
