Me gustaría recoger bajo este título un sinfín de hechos inexplicables, para-anormales, de los que he sido testigo en la que ya comienza a ser mi dilatada vida. Se trata de reflejar comportamientos humanos muy arraigados que no por habituales son menos estúpidos, para concederles un final feliz porque este tipo de actuaciones no llevan a ninguna parte y mucho menos a la euforia.
Escribo de casos como el que hoy nos atañe que me gustaría titular
"EL COCHECITO LERÉ"
Corría el año 2003. Decidí adquirir un nuevo coche para substituir un anciano Citröen ZX de más de doce años que ya pedía a gritos la jubilación. De hecho las reparaciones más urgentes ya superaban con creces el valor del propio automóvil. Pero si el mío estaba en malas condiciones, el de Antonio, un técnico soldador experto en obra nueva, me dejó alucinado por completo.
Coincidí con él en el concesionario de Lancia que se iba a hacer cargo del desguace de nuestros coches a cambio de hacernos una pequeña rebaja en el precio de las nuevas y relucientes adquisiciones. Cuando ví aquel 1430 especial que otrora fuera el buque insignia de la Seat y ahora sólo resultara apreciable para algunos nostálgicos, no pude por menos que exclamar en voz alta: -"Pero, ¡hombre de Dios! ¿Qué le ha hecho el pobre coche para tratarle así?"
Antonio, visiblemente disgustado con mi desafortunado pero espontaneo comentario, trató de excusarse mientras bajaba por última vez del vehículo: -"Tiene más de treinta años, ¿me explico?", se justificó.
A pesar de su agria intervención, sabía perfectamente que la edad no justificaba el lamentable estado en el que el pobre automóvil llegaba al matadero de los coches viejos o siniestrados. Nadie le hubiera pedido a este cani treintañero que siguiera conservándolo tan juvenil como el primer día, estado en que algunos aficcionados a los clásicos se empeñan en mantener sus preciadas joyas motorizadas con gran esfuerzo y coste monetario pero con loables dosis de cariño. ¡No, no! Simplemente se le podía haber exigido que al menos el color del Seat fuera reconocible y que acercarse a su chapa no supusiera un grave peligro que contraer todo tipo de enfermedades por no hablar de su estética Rat.
A pesar de su agria intervención, sabía perfectamente que la edad no justificaba el lamentable estado en el que el pobre automóvil llegaba al matadero de los coches viejos o siniestrados. Nadie le hubiera pedido a este cani treintañero que siguiera conservándolo tan juvenil como el primer día, estado en que algunos aficcionados a los clásicos se empeñan en mantener sus preciadas joyas motorizadas con gran esfuerzo y coste monetario pero con loables dosis de cariño. ¡No, no! Simplemente se le podía haber exigido que al menos el color del Seat fuera reconocible y que acercarse a su chapa no supusiera un grave peligro que contraer todo tipo de enfermedades por no hablar de su estética Rat.
¡Y qué decir del salpicadero! Si Buñuel hubiera contemplado aquel deshecho de la técnica jamás hubiera dudado en proponerle como tema central de su mejor y más surrealista película a la que seguramente hubiera titulado: "El Cochecito Leré". Todos los indicadores del coche habían sido substituídos por un cartón ajustado a los huecos del frontal sobre el que se había pintado velocímetro, cuenta-revoluciones, indicador de gasolina..., y todos los elementos necesarios para una conducción segura. "Antoni", nombre de guerra en su tribu urbana, argumentaba que de esta forma podía engañar a los picoletos en los controles de carretera. Al menos eso creía él a pesar de asegurar no haber sido detenido en alguno de ellos. Pero no sé por qué tuvo tanta suerte.
Pero lo que más me llamó la atención fue que la tapicería del auto se conservaba prácticamente intacta bajo una funda transparente de plástico. Como no daba crédito, me ví obligado a preguntar sobre la naturaleza del milagro: -"¡Hombre, la tapicería de un coche es sagrada!", aseguró orgulloso al tiempo que extrañado por mostrarme tan ignorante. -"Todos los dueños de este coche estrenamos funda nada más comprarlo. Hay que conservarla intacta porque así se vende mejor". Y eso me lo decía un individuo que entregaba virgen a la muerte el recubrimiento de tela de los asientos.
Instantes después un comercial le hacía firmar los papeles de la baja administrativa del automóvil. Enseguida las llaves del mismo pasaron a colgar de un gancho junto con otras muchas en un tablero de madera. La matrícula y el modelo destacaban sobre una etiqueta adherida a cada una de ellas. Entonces se me ocurrió una idea genial...
Decidí aprovechar aquel momento, mientras el coche esperaba para ser introducido en un gigantesco garaje antes de su traslado final en el "camión fúnebre", la barcaza que le ayudaría a cruzar la Laguna Estigia de la futura chatarra. Corrí sin dudarlo hacia el tablero y casi le arranqué a bocados las dichosas llaves antes de introducir una de ellas en la cerradura del moribundo montón de metal. Rápidamente retiré las fundas de los asientos delanteros y me recosté sobre ellos con regodeo, retorciéndome como una víbora cuando traga a su presa. Antoni no podía creer lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Su mayúscula sorpresa denotaba rabia por haberme atrevido a violar un santuario que había sobrevivido a generaciones de Rodríguez y Pérez casi sin mácula alguna, que Antonio se apedillaba García.
-"¡Vamos, pasa! Retira las de los asientos traseros y mancíllalos, ¡tonto!", le dije al tiempo que su mandíbula inferior resbalaba bajo su cara dejando escapar alguna que otra baba por las comisuras.
No se atrevió, no pudo. Para él resultaba algo así como violar todas sus creencias de un sólo golpe. Había tenido que ser un extraño el que se atreviera a desvirgar lo más preciado de un automóvil hispánico.
Siempre sucede así. Siempre se llevan los demás aquello que no te has atrevido a usar correctamente. ¡Qué mala es la ignorancia, qué malo es el miedo!
EPÍLOGO: atrás quedaban tapetes artesanos, la mayor parte tejidos sobre tapones de vino de plástico (los de Savin y del Casa de mesa) y rematados con puntillas blancas, obras de arte tejidas con gran esfuerzo que después se ubicaban sobre los reposacabezas como si de la mesa-camilla de la abuela se tratara; también se perdían en el tiempo fundas estilo racing en rojo y negro, tan complicadas de adaptar; alerones imposibles de los Ford Escort RS adaptados a la cultura cañí; y por encima del despropósito histórico, aquellos objetos diseñados por el diablo en los que se podía insertar la foto de tus hijos, tu mujer, tu madre y tu suegra (esta última por si acaso) en un marco gótico que descansaba sobre un letrero dorado que rezaba así: "Papá: no corras". Ya sabeis: las mujeres estaban excluídas de la conducción según los modelos de comportamiento franquistas.
Salu2
Huang-ho
Pero lo que más me llamó la atención fue que la tapicería del auto se conservaba prácticamente intacta bajo una funda transparente de plástico. Como no daba crédito, me ví obligado a preguntar sobre la naturaleza del milagro: -"¡Hombre, la tapicería de un coche es sagrada!", aseguró orgulloso al tiempo que extrañado por mostrarme tan ignorante. -"Todos los dueños de este coche estrenamos funda nada más comprarlo. Hay que conservarla intacta porque así se vende mejor". Y eso me lo decía un individuo que entregaba virgen a la muerte el recubrimiento de tela de los asientos.
Instantes después un comercial le hacía firmar los papeles de la baja administrativa del automóvil. Enseguida las llaves del mismo pasaron a colgar de un gancho junto con otras muchas en un tablero de madera. La matrícula y el modelo destacaban sobre una etiqueta adherida a cada una de ellas. Entonces se me ocurrió una idea genial...
Decidí aprovechar aquel momento, mientras el coche esperaba para ser introducido en un gigantesco garaje antes de su traslado final en el "camión fúnebre", la barcaza que le ayudaría a cruzar la Laguna Estigia de la futura chatarra. Corrí sin dudarlo hacia el tablero y casi le arranqué a bocados las dichosas llaves antes de introducir una de ellas en la cerradura del moribundo montón de metal. Rápidamente retiré las fundas de los asientos delanteros y me recosté sobre ellos con regodeo, retorciéndome como una víbora cuando traga a su presa. Antoni no podía creer lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Su mayúscula sorpresa denotaba rabia por haberme atrevido a violar un santuario que había sobrevivido a generaciones de Rodríguez y Pérez casi sin mácula alguna, que Antonio se apedillaba García.
-"¡Vamos, pasa! Retira las de los asientos traseros y mancíllalos, ¡tonto!", le dije al tiempo que su mandíbula inferior resbalaba bajo su cara dejando escapar alguna que otra baba por las comisuras.
No se atrevió, no pudo. Para él resultaba algo así como violar todas sus creencias de un sólo golpe. Había tenido que ser un extraño el que se atreviera a desvirgar lo más preciado de un automóvil hispánico.
Siempre sucede así. Siempre se llevan los demás aquello que no te has atrevido a usar correctamente. ¡Qué mala es la ignorancia, qué malo es el miedo!
EPÍLOGO: atrás quedaban tapetes artesanos, la mayor parte tejidos sobre tapones de vino de plástico (los de Savin y del Casa de mesa) y rematados con puntillas blancas, obras de arte tejidas con gran esfuerzo que después se ubicaban sobre los reposacabezas como si de la mesa-camilla de la abuela se tratara; también se perdían en el tiempo fundas estilo racing en rojo y negro, tan complicadas de adaptar; alerones imposibles de los Ford Escort RS adaptados a la cultura cañí; y por encima del despropósito histórico, aquellos objetos diseñados por el diablo en los que se podía insertar la foto de tus hijos, tu mujer, tu madre y tu suegra (esta última por si acaso) en un marco gótico que descansaba sobre un letrero dorado que rezaba así: "Papá: no corras". Ya sabeis: las mujeres estaban excluídas de la conducción según los modelos de comportamiento franquistas.
Salu2
Huang-ho