Son las cosas que pasan por jugar a ser "espía doble".
Nuestro amado presidente autonómico rechaza rotundamente instalar cementerios nucleares en su territorio. Ahora resulta que rocía las fronteras de su mente con orín, tal que lobo en celo, porque piensa que su actitud puede darle votos sin darle importancia al hecho de que muchos vayan a quedarse por el camino que lleva a los comedores de caridad.
¡Pero capullín mío! Si hace dos días aprobaste la creación de cementerios nucleares en España siendo Ministro de Industria. ¡Ah, claro! Que se trataba de España, que antes eras español-y-socialista-por-conveniencia y parece que mi querida Cataluña no merecía estar en tu mapa mental.
El problema es que las gentes de la Península Ibérica se han quedado sin recursos, independientemente de dónde hagan la cama cada noche. Que el hambre no entiende de identidades y supera los pensamientos porque las ideas no llenan el estómago y a veces, sólo a veces, tampoco consiguen dejar satisfecho el intelecto.
Que nadie me interprete mal que no tengo nada contra los catalanes. Independencias y esas situaciones históricas que nunca viví a mí me sobrepasan, sobre todo debido a la excasa capacidad de mi famosa única neurona, ya inválida y viejita. Pero odio que no se le dé más importancia al hecho de que un día cualquiera, uno de los tristes pueda admitir una cosa en Madrid y otra muy distinta en Barcelona. En resumidas cuentas, que nos tome el pelo..., ¡a todos!
No me parece justo para nadie este baile de alianzas temporales que recuerdan muy de cerca al comportamiento voluble de las arenas del desierto; según sople el viento, los granos de tierra se unen para ir de un lado a otro, aglutinados por la falta de ética y el amor al poder, sin importar que puedan anegar todo un pueblo y enterrarlo sin piedad. Parece que en estos tiempos de carencias múltiples inspira, por encima de la importancia vital de ser un indivíduo apreciable, la traición soterrada, el hecho caótico del loco egoísta, que de eso parece tratarse toda esta trama de corruptelas anímicas: de compromisos rotos por la mitad, de las vidas desestructuradas de sus protagonistas, de los-que-votan, de los que, al fin y al cabo, os ceden las poltronas durante una temporada aunque desconozcan su poder.
El triste de Montilla primero se olvida de aquellos que le vieron nacer. Y lo hace permitiendo el cementerio nuclear entre sus casas, junto a su propia cuna. Pero ahora, tonto de él, ya no puede recordar siquiera a los que le dictaron aprobar esa norma atómica, los mismos que antes le instalaran en el poder en Madrid y luego lo hicieran en Barcelona: los señores que componen el gobierno central.
Y no me olvido de los pueblos que sufren la habilidad económica desplegada por sus dirigentes autonómicos, la misma que les ha llevado a la quiebra, inquina económica auspiciada por la impotencia de nuestro sabio Presidente del Gobierno del Reino de España y de su...
Y luego están los de siempre, los del PP, enternamente enfrentados entre ellos mismos, cada vez más cerca de los Carlistas -guerra va, guerra viene-, como gases intestinales a punto de interesar los obstáculos que en forma de esfinter se cierran a su paso. No pierden el tiempo a la hora de emitir órdenes nacionales que impidan, por narices, concurrir a sus necesitados alcaldes a la opción de ser los beneficiados receptores de esas controvertidas tumbas de átomos. Sin embargo, las distintas realidades de las administraciones locales, ahora unidas bajo la sombra de la crisis, desdicen sus estrategias electorales de patio de colegio porque estas pequeñas poblaciones son susceptibles de desaparecer sepultadas por las arenas desérticas mucho antes que las grandes ciudades, las que dictaminan generosas su exterminio en pro del interés general.
¡Qué harto estoy de mantener golfos con mis impuestos e intereses prestatarios, hombre! ¿Alguien sabe cuánto cobra el tal Montilla?
¡Qué bueno sería que recordasen su infancia...! ¡O no! Quien sabe cuándo y dónde comenzó a crecer toda la porquería que rodea sus vidas y ensucia la de los demás...
Salu2
Huang-ho
