Ernesto Cardenal vivió siempre entre escombros, recogiendo basura que reciclar desde los tres años en un lugar conocido como La Chureca. La escolarización resultaba imposible, tanto como llegar a anciano. Y se negaba a aceptar esa vida que la obscena sociedad había impuesto a toda su familia durante ya tres generaciones. Ahora tenía quince años y Nicaragua le buscaba para otros menesteres que aún desconocía.
En La Kibera un niño era rescatado de entre la inmundicia acumulada en el vertedero por un grupo radical islámico. Se llamaba Enkare Nyorobi, el "lugar de aguas frescas", nombre que le habían dado los Masái por haber nacido en Nairobi, la Ciudad Verde en el Sol, ahora quizás gracias a los gases metano visibles en el atardecer de la capital keniata, los mismos que casi matan a Enkare por haberse acumulado en gran cantidad en su casa de residuos. No tardaría en asumir como suya la fe que le propondan abrazar los líderes religiosos de la zona, los mismos que le alejaron del vertedero para sumirle en otro mucho peor.
En la colombiana ciudad de Medellín, miembros de las F.A.R.C.-E.C.P., recogían casi muerto a una víctima de un atentado propio: sólo tenía diez años pero había nacido en la Colombia de los señores de la guerra. Si le salvaban podrían hacer de él un gran guerrero. Jesús Ortega con suerte podría vivir unos años más entre la muerte.
En Madrid, "El Cachi", pequeño habitante de un poblado marginal gitano permitía que sus ojos brillasen cuando sus primos regresaban a casa conduciendo espectaculares deportivos cambiados por la droga que tantas familias destruye. ¿Y por qué él no iba a tener derecho a disfrutar de las mismas cosas que los payos? Se preguntaba noche y día. De mayor quería ser camello, como toda su familia masculina: vivir rápido, morir joven y hacer un bonito cadáver, frase mal atribuida a James Dean. Él aún no logaraba ver el mal en todo aquello y para cuando lograra hacerlo..., ya sería tarde.
Al tiempo, en Tamaulipas, ciudad simbólica de México, sicarios herederos del cártel fundado por Juan Nepomuceno conocido como de "el Golfo", ofrecían a Pablo Cuitláhuac, un mixquito reciente, la vida loca.
Quizás en Brasil nadie le ofreciera a la gamina llamada Abella ningún futuro diferente a lavar cristales de automóviles en la calle mientras esnifaba pegamento de forma constante. Pero ella trabajaba como si realmente ese futuro pudiera llegar alguna vez.
Rassamee Krisanamis ejercía su oficicio en un prostíbulo de Thailandia. Sólo tenía catorce años (aunque trabaja allí desde los nueve) y ya era madre de un diminuto ser al que apenas sí podía atender y menos mantener por mucho que los turistas occidentales abrieran generosos sus billeteros; los chulos necesitaban sus Mercedes tanto como la coca.
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Un Viernes, día 13, Ernesto comenzaba a morir lentamente. Una extraña enfermedad contraída en su pestilente entorno le estaba devorando de dentro hacia afuera, un virus que comenzaba a extenderse sin piedad entre los suyos.
Un Viernes 13, Enkare moría tras haber hecho reventar el cinturón de explosivos que llevaba ajustado al cuerpo para que nadie lo advirtiera. En el mercado público muchos vidas quedaban sesgadas pero aún más familiares morían en vida por las terribles pérdidas humanas.
Ese mismo Viernes 13, un niño recibía tres balazos en la cabeza en otro lugar muy distante. Los soldados del ejército colombiano no hicieron discriminación alguna en virtud del tamaño del enemigo; Jesús había matado ya a varios de sus compañeros sin pestañear una sóla vez.
También ese fatídico Viernes 13 se cebó con "El Cachi". Apenas había cumplido los dieciochos años y ya moría en la cárcel víctima de una reyerta entre bandas.
Viernes y 13 lo fue también para Tamaupilas: su padre le mataba de un tiro rápido y feroz. Sólo trataba de defenderse de un asesino al que desconocía. Los narcos le habían exigido asesinar a alguien de su familia para ser miembro de pleno derecho en aquel cártel infame. Su progenitor no advirtió de quién se trataba hasta que ya no hubo marcha atrás. Lloraría hasta el mismo día de su muerte maldiciendo la carroña que les había destruido.
Y ese mismo Viernes 13 Abella era encontrada muerta por sobredosis en una esquina podrida de la gran ciudad. Fueron los mismos paramilitares que iban a asesinarla los que alertaron a la policía de lo sucedido. En cualquier caso, se lo cobrarían igualmente a los comerciantes de la zona que les habían contratado para reducir la marabunta de gamines.
Qué intenso día fue aquel Viernes 13 en que Rassamee dejaba esta vida porque el virus del Sida así se lo había ordenado. En cualquier caso, de haber sobrevivido las drogas se la hubieran llevado por medio. Su hijo fue vendido a un rico occidental que lo sacó del país tras haber sobornado a unos cuantos funcionarios. Por lo menos el bebé tuvo algo de suerte aunque ya nunca más podría sentir a su madre abrazarla.
Epílogo: lamentablemente esto no sólo sucede algún Viernes 13: todos los días, a todas horas, una historia semejante se repite, vidas paralelas que comienzan y acaban en la miseria humana sin haber hecho nada por merecerlo.
Salu2
Huang-ho