¡¡FANTASMAS!! - GOSHTS!!
Arrats no había podido evitar que su hija se acostara en la cama con ella a pesar de disponer de otra más pequeña junto a la misma. Declaraba sentir miedo; se negaba a descansar sin protección. Por su parte, Deunoro aún deambulaba por la habitación. Se sentía inmensamente atraído por el libro de visitas. En cada lugar donde había pernoctado fuera de su casa no había podido evitar gastar parte de su tiempo en leer restos escritos de vidas ajenas. Siempre eran divertidas y ocurrentes las frases plasmadas por viajeros desconocidos en momentos de euroria.
-"¡Venga, ven a la cama! ¡No hagas lo de siempre!", rogó una agotada Arrats.
-"¡Enseguida voy, cariño!", trató de engañarla su marido.
En realidad Deunoro anhelaba el sueño profundo de las mujeres para evitar ser visto fisgoneando la obra firmada por tantas y tantas personas. Pero las mujeres no tardaron en caer dormidas hecho que explotó para zambullirse en la ansiada lectura.
-"¡Saludos, viejos! ¡Ha sido genial pasar el fin de semana aquí!", fue la primera posta que puedo leer. La firmaban Luisa y Zaca (¿Zacarías?). No importaba el nombre.
Unas cuantas dedicatorias más alabando la amabilidad de los ancianos y las magníficas comilonas degustadas le motivaron a remontarse unos cuantos años atrás en la cadena de mensajes, pasando de golpe varias docenas de páginas. No obstante, el estilo literario continuaba siendo tan parecido a las décadas venideras que no llamaban mucho la atención excepto porque los visitantes lentamente comenzaban a incluir frases del estilo de: "Nos apasionan las casa encantadas...", "Vinimos aquí engañados...", "Desearía no haber vivido todo aquello..."
Esa obscura realidad comenzó a poner nervioso a Deunoro. El sudor comenzaba a activarse en todo su cuerpo. Gotas aquí y allá sobre una piel cercana a la cal inerte delataban que el comienzo de un viaje a lugares extraños estaba por iniciarse. Poco a poco los grafismos plasmados en bolígrafo dejaban paso a los modelados con estilográfica. En esta etapa de la odisea gráfica las menciones a los seres representados en las pinturas del techo y otros lugares de la casa surgían sin pudor alguno. "Me conmino a los Dioses Otros, los que iluminan mi camino desde el cielo de este lugar sagrado...", pudo leer un Deunoro más que asombrado. "Su cólera divina nos ha traído hasta aquí. Mi mujer y yo agradecemos la sabiduría concedida y juramos obrar en consecuencia. Dios no existe. Sólo ellos guiían nuestros pasos hacia el acogedor abismo...", continuaba in crescendo las alabanzas a los espantosos rostros que parecían haber visto todos los viajeros a pesar que Jokin dijera haberlos ocultado.
Armado de valor, sus manos temblorosas obligaron a las páginas de la macabra obra regresar a siglos pasados, cuando la revolución industrial prometía destruir la tierra y a los hombres que la habitaban en pos del progreso. "Juro haber encontrado mi camino. Los Dioses me lo han mostrado desde su morada en lo alto...", fue lo siguiente que pudo leer. Y lo firmaba un tal Kossmann-Futto, J.A. que afirmaba venir de Flandes y ser un reputado mercader de placentas y otros órganos de aprovechamiento humano. "La casualidad me trajo hasta aquí. La certeza me ha convertido a su credo. La muerte de los impíos será mi liberación..." Inesperada frase para alguien nombrado clérigo por la Iglesia de Roma. "¡Desde ahora Ellos estarán con nosotros en cualquier lugar donde anidemos porque el sufrimiento será nuestro hogar incluso más allá de la muerte!", afirmaba exhultante un viajante de comercio que parecía haberse perdido en una tormenta según relataba arropado por una pluma de ave entintada.
Pero la gota que colmó el vaso, la que definió los límites de lo asumible, fue un recuento macabro: -"Dios ama a mis Dioses. Por tanto, Dios es débil. ¡Mátale! Asesina sus creaciones, elimina a los humanos para mejorar la raza. Toma mi ejemplo como la única vía a seguir. Extingue cada día de tu vida por lo menos el hálito hediondo de una de esas débiles criaturas y lograrás remontar la Laguna Estigia con los honores del guerrero caído en el campo de batalla. Hoy puedo afirmar que más de doscientas cabezas estallaron bajo el golpe demoledor de mi bastón, doblegadas por un brazo de hierro que Los Otros forjaron sobre mi hombro izquierdo."
La bestia que antes fuera hombre atestiguaba pertenecer a La Orden de Los No Nacidos con el nombre de Nüwoo-Ehnor, dios menor, hijo del caos, adorador de los que existieron antes de la existencia.
Deunoro cerró el libro con violencia y decidió vigilar el sueño de su mujer y de su hija durante toda la noche. A partir de ese instante, todas las sombras proyectadas por las llamas titubeantes de los candiles se hicieron sus más acérrimas enemigas.
Salu2
Huang-ho

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