ESCRIBO, LUEGO TENGO DEDITOS Y, AL MENOS, UNA NEURONA

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martes, 7 de septiembre de 2010

PLANETA REPOLLO: UNA ODISEA ESPECIAL

El hedor a repollo recién hervido... ¡Aaaahhh! ¡Qué recuerdos me evoca de la infancia! Aquellos momentos inolvidables, cuando subía las escaleras de casa tras los campanazos liberadores que indicaban el final de la jornada colegial; cuando todas las "mamás" de nuestra personal postguerra franquista guisaban enloquecidas la baratísima herbácea verdosa de hojas oblongas, ovales, lisas, rizadas o circulares en virtud de la inspiración del hortelano repentino.

Aquellas sensaciones brutales que protagonizaba la Brassica oleracea var., casi emulando el embriagador abrazo de una vulgar y corriente Cannabis sativa pasada por el fuego de la condenación eterna... Los espasmos irracionales sucedidos entre escalón y escalón que invevitablemente acababan con la expulsión salvaje del contenido de mis tripas en forma de Bollycao mañanero (tan nuestro, tan cercano), siempre antes de alcanzar la puerta del hogar familiar... Esas vibraciones extremas que me seguirán hasta el día en que mis raíces se pudran bajo tierra para alimentar, quizás, múltiples repollos que saciarán sin duda las necesidades de futuras madres sin recursos...

Son algunos de los olores más característicos de mi infancia que aún me persiguen por las calles de mi ciudad, buscándome de nuevo, buscando el niño que fuí entre los mejores pucheros -los de mi madre- y mis añorados compañeros de juegos; aquellos años en que fuí inocente y también parte inherente del tránsito mundano, un buen representante de la magia que es la vida.

Hoy mis queridas vecinas de la bendita senectud, se han puesto de acuerdo en la elección del perfume con que rociar mi calle. Algunas de entre ellas se han mostrado sibaritas a la hora de escoger Col y Coles de Bruselas, que mi olfato sigue siendo fino y acertado aunque ya no sufra tanto por los desperfectos generados entre los vapores de la huerta más dura. Cocida y cocinada, luego rehogada en sartén si las obligaciones excesivas de la mujer permiten recrearse entre escoba va y fregona viene; entonces emerge la gran cocina.

Pero ha sido mi hija, la de los tres añitos y pico, la que tomado el testigo de mi propia esencia. Mis glándulas olfativas, endurecidas con el paso del tiempo y de tanta noticia maloliente consumida a diario, no podían competir con las mucosas nuevas de Hada, ese caballo loco que los Reyes Magos me regalaron hace ya casi cuatro años y que a mediodía buscaba un lugar donde esconderse del aroma a cuadra que rebasaba incluso las ventanas cerradas.

Ella estaba repitiendo mi forma de deambular por esta vida con sus modos, con su personalidad, pero con mis genes.

Hoy me he sentido como un automóvil clásico, querido, cuidado, pero delicado. ¡Qué bueno es envejecer si hay repuestos!

P. D.: no voy a confesar, jamás, que parte del ambiente se estaba creando en mi propia cocina, de colifata rellena con jamón y verduritas. Porque ahora las madres nutricias también somos nosotros. ¿Verdad, Jesús Gutiérrez? ¿Verdad, José Pablo Rodríguez?

Salu2
Huang-ho

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