Todos los regímenes totalitarios se estructuran siempre de las misma forma, sean de corte fascista, comunista o religioso, detalles todos ellos irrelevantes. Llenarse la boca con palabras como socialismo, socialista, pueblo, gloria, etc., y crear policías políticas, policías del pensamiento, son actuaciones comunes de opresores y tiranos a lo largo de nuestra reciente historia, los mismos que han procurado generar un culto pagano en torno a su persona. Por eso siempre me provoca pánico saber que algún reyezuelo más ha creado un nuevo cuerpo de guardianes o guardianas de una revolución que no es tal si no un golpe de estado camuflado.
Es este también (¡cómo no!) el caso de Chávez, Hugo Chávez, quien para evitar perder unas elecciones que en principio no debieran ofrecerle mayor problema a pesar de haberse llevado un susto en el plebiscito pasado concerniente a la elección de los miembros de la Asamblea Nacional que benefició al Partido Socialista Unido de Venezuela -oposición ciertamente caótica a un dictador bastante sólido-, ha decidido presentar en sociedad a bombo y platillo su cuerpo de "Guardianas de la Revolución". Serán, pues, 3.000 mujeres que controlará la vida del venezolano de a pie puerta por puerta, retrete por retrete, porque en las cloacas es donde mejor se mueve este tipo rata controladora. ¡Qué no se enteren ellas que no votas a Chávez! Porque, como Hugo dijo, "...son las guardianas de Chávez". Nadie duda que el dictador tuviera ya, desde hace tiempo, su propia policía política, una que deambulara entre bastidores, silenciosa pero efectiva. Pero lo que mejor funciona en este sentido son las acciones que se ven, que se sienten en el propio cuerpo o en el del vecino. Es una buena apuesta en orden a lograr sus nefandos propósitos pero una mala opción para la evolución de nuestro país hermano que es Venezuela.
Chávez está levantando tantos muros de protección alrededor suyo que al final va a terminar atrapado en un callejón sin salida.
Veremos en qué termina todo esto. Supongo que en una situación semejante a la de tantas y tantas otras revoluciones infames: muertes inocentes, miedo y terror, corrupción generalizada del funcionariado. Un ejemplo: los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán se han convertido en los dueños de las grandes empresas del país. Comerciar con Irán es comerciar con los Guardianes, grupúsculo del que el propio Presidente, Mahmmud Ahmadineyad, emergiera en el pasado. Ellos son los que ponen y quitan presidentes que salen de sus propias filas. Pero las decisiones las toman en palacios privados ubicados en las inaccesibles colinas de Teherán donde sus carísimos coches pueden desfogarse sin ser vistos por el pueblo al que dicen proteger preservando su fe.

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