Un pacto despiadado firmé ayer, con la sangre de otros, para salvar mi propia vida. Pero hoy lo mantengo y ensancho en la fe de mejorar mi calidad de vida y hacer que se prolongue en el tiempo.
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Aquel terrible día vinieron en tropel. Demasiados para uno sólo; demasiados demonios para una diminuta aldea . Entre granadas y morteros me ordenaron que reclutase todos los hombres, mujeres y niños que pudiera conseguir en media hora. El resto de los moradores serían ejecutados: los testigos siempre son muy molestos. No pude, pues, detenerme ante los límites de la misericordia humana. La piedad es un bonito sentimiento que habría de ser erradicado para evitar que el corazón doliera ante los actos de El Maligno. Los ancianos estaban condenados a morir, por supuesto, como los recién nacidos, los enfermos..., aunque éstos sólo padecieran una gripe. Las parturientas corrían entre las llamas que calcinaban sus hogares en un intento vano de salvar su descendencia y la supervivencia misma de la aldea. Pero los disparos siempre acertaban. No importaba las veces que hubiera que apretar el gatillo; siempre acertaban. Siempre atravesaban con gran facilidad los frágiles huesos de los nonatos para rebotar después en las vértebras maternas. Con suerte la madre no tardaría mucho en morir de esa forma. Seguro que era mucho mejor que llegar a sentir tus propios ojos reventando con la ebullición de tus fluidos recalentados por el fuego.
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Los blancos habían encontrado diamantes en una mina cercana a lo que había sido nuestro hogar hasta la llegada de la codicia. El Ejército de Liberación del Pueblo no podía consentir que esquilmasen la riqueza natural de nuestras tierras. Mejor se harían cargo de ellas en nombre de ese pueblo que masacraban y torturaban. El objetivo: hacerse rico cuanto antes o morir en el intento. Los pobres nativos que se quedaran por el camino serían recordados como daños colaterales. Y yo, su jefe tribal, poco o nada podía hacer para tratar de cambiar las cosas.
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Poco a poco me fuí acostumbrando a verles bajar y subir cargados de cestos repletos de piedras por ese gigantesco cráter que lentamente habían excavado casi con sus propias botas en el ir y venir. El infierno se abría paso por aquella bocaza que tragaba personas, árboles y animales. Muchos esclavos caían entre sus fauces; otros, simplemente, eran ejecutados bajo la acusación de tratar de robar algún diminuto diamante. Yo trataba de calmar a los superviventes con mentiras piadosas: me creían cuando les decía que aquellas personas se habían librado de seguir allí porque les habían comprado los diamantes encontrados, que habían adquirido una granja y ahora vivían felices. Les engañaba de forma repugnante para hacerles creer que aún tenían una oportunidad, que la vida no se había olvidado de ellos por completo a pesar de las dolorosas circunstancias. Sólo esa promesa, nada más que esa promesa de futuro, les hacía sobrevivir más tiempo de lo que cualquiera hubiera apostado.
Por ese motivo yo continuaba vivo, sano y salvo. Los dueños de la mina, una empresa europea que para evitar perder la concesión de la explotación habían llegado a un acuerdo con los "rebeldes -ahora reconvertidos en encargados de la seguridad del yacimiento con la mejor de las pagas-, decidieron adoptarme por mis cualidades para guiar al rebaño de muertos en vida que ya eran mis súbditos aunque, desde luego, lo hiciera por el peor de los caminos. El miedo es libre y yo tenía mucho. Además aquella condición me permitía vivir cada vez mejor. Así conseguía que mi gente aguantara la tortura cotidiana e indescriptible, mi cotización subía. Llegué, incluso, a razonar con estas pobres almas el racionamiento de alimentos al que estaban sujetos. Los capataces consideraban que esa era la mejor forma para mantener su espíritu en actitud combatiente a pesar que sus grandes barrigas y sus rojas caras negaran que practicasen tal precepto. Yo ni siquiera protesté. Y es que ya nunca lo hacía; no servía de nada excepto para jugarme mi cómoda situación y sobre todo, mi vida.
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En unos pocos años, sin saber cómo, me encontré compartiendo mesa con los extranjeros, nefastos pero legales invasores de mi tierra, y con los oficiales paramilitares que ordenaron destruir mi casa, mi vida y la de tantos seres inocentes. No voy a negar que aquello me produjo cierta satisfacción. Pero tampoco puedo negar que comprendí algo terrible: aquel momento se alzó de forma grosera ante mi moribunda conciencia como el punto de no-retorno. Hasta ese instante podía haber dado marcha atrás casi en cualquier momento y haberme unido al pueblo que traicioné con todas las consecuencias imaginables. Pero mi alma se había vendido ya al mejor postor. Desde el momento que accedí, durante aquella comida, a beber y brindar con el resto de los comensales, supe que los cielos se abrirían por mi causa con la intención de verter sobre mí toda la ira acumulada por mis execrables actos.
Ese día me propusieron aceptar el cargo de Presidente electo de todo el país. Era así de sencillo: en todas partes los votos siempre querían ser intercambiados por alimentos aunque no supusieran más que pan para hoy y más hambre para mañana, pasado y... Los mercaderes occidentales necesitaban extrapolar a todo el territorio mi valorada cualidad de embaucar a los indígenas sin gran esfuerzo, esos inocentes seres que ni siquiera habían oído hablar de la Democracia, ya que varios ingenieros habían apostado por la existencia de todo tipo de minerales preciosos a lo largo de todo el territorio.
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Llegué al poder sólo unos meses después. Era una marioneta que vivía en una jaula de oro. Mujeres inalcanzables, automóviles y embarcaciones de lujo, mansiones de cine... Todo lo que quisiera estaba a mi alcance con un simple gesto: descolgar el teléfono más cercano. Lejos de la mina, más por el estilo de vida que por la distancia, lograba olvidar a mis muertos. Me sentía un triunfador y así se lo hacía ver a mi país y al resto del mundo. De esa forma nacieron mis giras triunfales, mis visitas de estado. Había tantos gobiernos democráticos sonriendo a mis diamantes y a la empresa que ponía y quitaba presidentes en el "mundo libre" como granos de arroz en un cuenco.
Sin embargo voces extrañas a mi entorno se alzaron contra mí con gran acierto. Un partido político no legalizado dejaba una y otra vez constancia de mi vegonzante farsa en todas las mentes abiertas que no pertenecían a la política. Mis viajes oficiales se transformaron en encuentros clandestinos oficiados con alevosía y nocturnidad. Aparecer en público era provocar a ingentes multitudes que llegaban a superar todas las medidas de seguridad. No tardé, por tanto, en eliminar todas las salidas.
En ese sentido, invité a mis homónimos occidentales a recorrer mi país con mi molesta compañia. Al principio algunos dignatarios accedieron a venir pero fueron tales las protestas, no sólo en su propio país sino en todo el mundo, que se vieron obligados a dimitir. Después, ya nadie más quiso venir. Entonces perdí el apoyo internacional y, por ende, el de la compañia que me había aupado al poder. Ya no era necesario; más bien, me había convertido en un grave problema susceptible de ser erradicado.
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Fue tan rápido como llegar a ocupar el palacio presidencial. Primero, el Tribunal Penal Internacional citó numerosos testigos que embistieron contra mí cargados de razón aunque yo lo negara todo amparado en la televisión oficial. Después, casi de repente, me encontré sentado en el banquillo de los acusados, lejos de mis lujos, intentando rebatir las acusaciones del principal soporte del fiscal: un viejo conocido al que reconocí a duras penas. Su cuerpo y su cara estaban muy degradados. Le creí muerto en la mina, víctima de mis manejos y del martirio sufrido. Era mi hermano, el jefe del partido opositor... ¡Era mi merecido verdugo!
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Hoy me van a ejecutar. No guardo rencor. Muy al contrario agradezco expiar en vida mis prácticas deshonrosas. Quizás así Dios quiera acogerme en su seno sin avergonzarse de su propia creación.
Salu2
Huang-ho
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