En breve, me vereis así vestido. Al paso que voy, hasta me apunto a la decoración tan brutal que luce la vivienda de Doña Maru, "La Maltratá"
Os preguntareis qué terrible hecho me ha revelado cómo soy realmente. ¡Pues bien! Desde hace más de una año estoy guardando como oro en paño los frasquitos de cristal que me suministran mi marca preferida para contener el Azafrán que uso habitualmente.
¿Y por qué lo hago? Porque necesito reciclarlos. Son cuadrados, pequeñitos y tienen un tapón de corcho, como los tarros de verdad que usamos para almacenar la pimienta, la sal, etc. Pero sus escasas dimensiones (un par de centímetros de altura) hacen muy difícil su reutilización para cualquier otra especia y mucho menos como hucha. ¡Pero es que son tan bonitos...!
Lo he intentado con todo: cuatro granos de pimienta, medio azucarillo, una pizca de sal... Y no he conseguido volverlos a hacer útiles para mi cocina. Incluso he comprado azafrán envuelto en papel para sentir que mi empeño no era una tontería. Pero, ¡sí!: era una gran tontería.
No puedo hacer nada con ellos excepto contemplarlos en la alacena donde guardo las especias. Realmente esa es su utilidad: ser una belleza inútil que llena los ratos, muy largos por otra parte, que paso en la cocina. Son mi compañía, mi alegría diaria. Y, si me apuras, cuando brillan se convierten en mi rancia Guía de Occidente.
(Nota: estoy convencido que los fabricantes conocían el efecto nocivo para la salud que resulta de la adquisición de estos tarritos. Estoy convencido que en cada cocina de mi barrio, de mi ciudad..., del mundo entero, hay una de estas inútiles colecciones expuesta en el lugar más vistoso como si de los tesoros de la tumba de Tutankhamon se tratara. Esos si que eran unos objetos desafortunados. Y para muestra, la maldición de la momia.)
Salu2
Huang-hok-jamón

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