Siempre que siento la tristeza de haber nacido en el día y en el momento más inadecuado posible, busco refugio en el imaginario mundo que llevo en el interior de un alma ya gastada por el uso excesivo al que la someto a diario desde hace más años de los que me gusta recordar que tengo.
Pero todavía queda un rincón en ese universo anímico que florece constantemente, que me permite continuar a pesar de todo. Allí he creado un paisaje bucólico -real para mí cuando lo deseo- en el que puedo hallar lo que más anhelo: una pequeña casita que se eleva sobre un lago en la que espera mi amada hija, mi pequeña Hada, que me ofrece unas sopitas cocinadas con materiales de juguete a cambio de un beso. Sólo eso.

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